Lucio [O «La cándida historia de Lucio Íñiguez y su abuela anarquista»]



En una mansión enorme y anticuada vivía hace no mucho un huérfano llamado Lucio; su abuela era su único pariente.

Lucio era un tanto candoroso y entusiasta, algo así como un personaje creado por Voltaire o Rabelais, y por esa cualidad o defecto entablaba fácilmente amistades con quien se le presentara, buscándole a él o a su abuela, para realizar alguna entrega de material, de documentos, o sirviéndole como empleado; también se puede afirmar que Lucio era un romántico nato, dado que se consideraba a sí mismo una persona feliz y pensaba que la vida era bella y misteriosa, y en todo aquello tenía mucha razón, pues él mismo, en sus años de crecimiento y de aprendizaje común, corriente o extraordinario (como luego se dará cuenta el lector), no hubiera adivinado ni en un millón de años que, de un día para otro, se encontrara con la buena nueva de tener innumerables amigos, o que un pariente suyo terminara por dejarle, después de una muerte insólita y “censurable”, una herencia cuantiosa y que, a través de este acontecimiento, su existencia cambiase de ser un observador de cuadros en un museo posmoderno, a ser un millonario, y de esto a convertirse, sin quererlo ni pensarlo, en el más famoso y grande socio de...  

Bueno, no voy a develar más, no por ahora.

Ya comenté que Lucio era un tanto cándido, por si los lectores pretenden enlazar lo que dije sobre su futuro y su esencia como persona, y al ser cándido, podía ver las cosas de forma diferente a como veían normalmente los demás la realidad. Esto se debía a que su cosmovisión era sencilla, como la que el mundo era el lugar donde todos pueden ser felices y, si existiera alguien que no llegara a serlo, se debía llana y directamente a que "este alguien" no se esforzaba lo suficiente para cumplir sus deseos o sueños. 

A pesar de pertenecer a una posición social acomodada y de beneficiarse de las prosperidades que esta posición le ofrecía, Lucio no era ni malo, ni excéntrico, ni injusto: le gustaba iniciar amistades, aprovecharlas y, sobre todo, aprender de ellas; no abusaba de la confianza de nadie. Su modo de decir las cosas siempre era sensato y noble. 

Lucio vivía con su abuela, como conté ya líneas arriba, una señora muy tierna en apariencia y que, por lo decrépita, estaba confinada en su silla de ruedas, pero su mirada, muy lejos de ser senil, era muy parecida a la del vigía que espera la goleta de turno, y más vigía parecía con los lentes de monturas esféricas que utilizaba y con los que se procuraba leer algunos libros de poetas bolivianos que había conocido en su juventud y que, hasta entonces, estaban tan muertos u olvidados, como prescindibles e inútiles para la literatura fueran sus producciones poéticas, sea por su petulante naturaleza o por su amplio espectro de análisis y a su vez mediocre profundidad. 

Así era la abuela de Lucio, una anciana que tenía un moño que reunía lo muy poco de su hermoso cabello caoba de antaño, cerca de la coronilla, una mandíbula en forma de doble uve escrita en carta que subía y bajaba levemente cuando respiraba, y una nariz aguileña, cuya punta casi rozaba la parte central de aquel señorial, pequeñísimo y arrugado mentón.

Tierna y pulcra aparentaba ser la anciana y mucho más lo había sido en su adolescencia y juventud, pues, dicho sea de paso, antes de cumplir los rosados y almohadillados veintidós, ella ya había roto tantos corazones como lo había hecho la Tía Núñez —claro está, antes de que le rompieran a esta el suyo—, y solo un francés que residía en Miraflores por aquella época, resultó ser el más adinerado y culto señor de los que habían sido pretendientes de la susodicha, y su extenso y fino abolengo hubo ganado la batalla por conquistarla, pagando el precio muerto de quedarse allí, junto a ella, tan indomable y fiera como la naturaleza para los mortales. 

Así había sido y así sería doña Casta Bárbara Íñiguez De la Vía, quien siempre era visitada por los parroquianos alcanforados, «muchachos centenarios», en extremo católicos y peinados siempre a la gomina.

Ah, ¡si usted estuviera enterado tan solo del tres por ciento de lo que sé de doña Casta Bárbara Íñiguez De la Vía —y yo apenas si escuché una pequeñísima parte de todo lo que hay que saber de ella—, aprendería igual o mucho más de la historia boliviana, que de las palabras en vivo del mismísimo señor Carlos Diego Mesa (a pesar de haberle diagnosticado, el año 2022, el famoso tufo del Alzheimer, enfermedad-maldición de los historiadores) o de sus distinguidos y nunca mejor recordados padres! Notable es, por cierto, que ella fuera todo un personaje, porque había conocido a los protagonistas más valiosos de este territorio, antes tratado con el parco nombre de nación; más tarde, con el contradictorio nombre de república, y muchísimo más tarde, antes del cambio real, llamado con el variopinto mote de estado plurinacional. Esta señora había conocido y hecho enamorar a poderosos, a intelectuales, a maníacos y a cuerdos que estaban en el poder, a caudillos con casos crónicos de disfunción eréctil por esnifar mucha cocaína importada, a dirigentes de la COB que fueron ex-amantes de actrices italianas, a solterones de pacotilla con los dientes podridos, a laicos capitalistas, a jesuitas fracasados que también se hicieron pasar por intelectuales y que se decían bolivianos mientras recibían financiamiento para publicar sus libros «plurilingües», a franciscanos socialistas, a comunicadores comunistas, a ministros de educación elegidos a dedo que terminaban siendo compiladores y "sastres de la palabra", a pedagogos franceses que asesoraban a los anteriores, a generales que escribían sus memorias involucrando a los mencionados en sus delitos (y que aseguraban haber sufrido, irónicamente, “pérdida de memoria”), a educadores a gogó, a escritores que se ponían bandas de honor como si fueran misses —«gay saber» decían sus bandas— y laureles en los flancos de sus andróginas cabezas, posando en las portadas de sus libros como si fueran Liz Taylor o Truman Capote, a historiadores que juraban no ser de la burguesía pero que a su vez recordaban los Alpes y no los Andes de sus campamentos de juventud, y a muchos, muchísimos otros más: todos, por supuesto, sujetos de diversas layas y pedigrís, la mayoría de los cuales nunca pudieron negarle nada a ella, que era tan especial, tan única y tan ella, como nadie lo había sido jamás.

Tenía ciento siete años, pero ¡cómo los llevaba aquella mujer!, parecía acaso de setenta o setenta y cinco ¡y todavía podía recordar detalles de su pasado, como si tuviera la memoria y la labia de un cronista ateneo, barcelonés, limeño o potosino!, y le hacía poca gracia que le dijeran solamente Doña Casta, o Doña Bárbara (haciendo un guiño a la triple m de Rómulo Gallegos: maldita musa maestra, de su más famosa novela); necesitaba escuchar del prójimo su nombre íntegro para comprender que había sido bella, inteligente, rica y noble, cuatro atributos difíciles de hallar, todos juntos, en las mujeres de cualquier época[1]. Pues sí, bastaba con escucharla hablar apenas diez segundos para saber cómo había sido ella antes de descender lentamente por el tobogán del tiempo, hacia su lenta decrepitud:

—Todo este país estaba bien, muy bien, hasta que el cincuentaidós apareció el mono, ese tarijeño de medio pelo, y lo arruinó todo.

¿Y qué hacía después de decir esto? Movía la cabeza de un lado a otro, apretaba la mandíbula y la hacía oscilar como un péndulo que confrontaba las encías superiores con las inferiores, y sus ojillos, agrandados por los lentes, se agitaban como dos huevos sobre un par de sartenes llenas de aceite caliente.

No obstante puedo afirmar, sin temor a que se me tome como un charlatán, que Lucio sí disfrutaba de la compañía de semejante señora; la acompañaba a todas partes cuando podía, escuchaba todos sus relatos sobre el esplendor del pasado de su familia y de lo que vino después de aquello, del famoso cincuentaidós, y no faltó alguna vez que las nostalgias de los relatos de doña Casta se mezclaran con su ira y decepción, cuando una anécdota se convertía, como por ensalmo, en la descripción de un recuerdo amargo... y todo por culpa de, en palabras de doña Casta: «¡Aquel estadista de quinta, cabeza de chorlito, que se pateó las orejas varias veces y que no era medio tonto, sino tonto y medio, traído a la fuerza del sur para ser la punta de lanza de aquella apuesta que arruinó nuestro destino como país!».

Y Lucio, tan cándido como él mismo, se preguntaba: ¿Cuál apuesta?

Verbigracia de esto, era la insistente forma en que doña Casta se quejaba continuamente de su esposo ya fallecido hace mucho, muchísimo tiempo, asegurando que aquel había actuado como todo un idiota por no llevarla a su país para salvarla de los cambios que testificaría después, durante todo el resto del siglo pasado, y suspiraba con la abnegación de quien soporta sobre sus hombros el peso de la soledad, siempre con la convicción de al menos haber comprobado que su esposo había sido todo un caballero, aunque aquello no quitase su estupidez por haber decidido nacionalizarse.

—Le gustaban mucho los indios —decía, la vista clavada en el vacío, con un leve brillo de tristeza y rencor dormido en los ojos—, los amaba tanto, que los estudiaba y deseaba vivir en el campo, con ellos; ¡ay, pero eso sí!, ¡era muy guapo, cortés y turgente...! —y cuando pronunciaba esta última palabra (la cual, obviamente, Lucio desconocía), entornaba los ojos y mordía su labio inferior como podía, apretando los respaldos de la silla de ruedas hasta descansar y, ya recompuesta, arremetía, con más tristeza que rencor—:..., ¡pero era tan terco como mula en celo!

El tiempo libre que, por cierto, era abundante en el caso de Lucio, había sido derrochado en clases privadas y juegos donde, se cuenta, él explotaba sus «capacidades especiales y alternativas», junto a dos tutores que lo visitaban casi todos los días y que le enseñaban cosas básicas, pero igualmente necesarias para la vida: leer, calcular, vestirse, seguir una conversación con caballerosidad, comportarse bien en la mesa, cepillarse los dientes, limpiarse bien el culo, etc.

Pero, ¿por qué educar a Lucio con tutores y no enviarlo a la escuela?

La respuesta se resumía en una palabra, y esa palabra, claro está, la emitía doña Casta: Principios.

—Ningún Íñiguez va a ir a una escuela que reúne personas de todas las clases, olores y creencias; prefiero que «mi nene» crezca con dignidad, respete los principios de mi familia y goce de su estatus, antes que entre a entornos que apestan a sobacopataypoto cholos, ¡porque yo no voy a permitir que se me meta el dedo a la boca, pues no hay derecho, señores, no hay derecho!

Mas, cierta tarde, acaeció un problema bastante agudo para la tolerancia permitida en la casa de los Íñiguez: uno de los tutores se había negado a seguir los designios del destino educativo de Lucio, porque pensaba, ¡tonto él!, que aquello era imposible.

—¡Su coeficiente es bajísimo para los estándares de la educación básica o preuniversitaria! —sentenció este en cierto momento, irritado por las insistencias        de doña Casta en reconocer que ya era tiempo de ver resultados en la formación de su nieto, y era obvio que la señora de la casa no aceptaría resultados negativos sobre su inversión. —Entonces, joven —dijo doña Casta—, ¿para qué le pago?

—Su hijo...

—¡Mi nieto, que el nene no es mi hijo, es mi nieto! —corrigió la anciana— ¡So bestia, so burro, so imbécil!

—Perdón —dijo el tutor, sintiendo que había sido ridículo comenzar de aquella manera—; pero necesito informarle que su nieto no podrá rendir como los demás cuando esté en secundaria, y mucho menos en universidad.

Doña Casta miró al piso con los ojos extremadamente abiertos, como si de pronto hubiera dejado caer sus dientes postizos o sus lentes; apretó los puños, levantó la mirada y fijó sus oscilantes ojos en el tutor que, infame de él, seguía observándola desde su posición.

—Ya sabía yo —dijo con un leve timbre argentino doña Casta, y mientras hablaba elevó más y más la voz hasta convertir su parlamento en un discurso iracundo que solo una mujer de su edad y de su condición podía darse el lujo de emitir— ¡...ya sabía yo que un cholo de porquería como usted no tendría las criadillas bien puestas para educar a nadie, y mucho menos a un Íñiguez, pues nuestra raza necesita de sutileza pedagógica y no de una mera transmisión de conocimientos vulgares, como si fuéramos un montón de bestias de carga a las que hay que llenar de heno y de agua para satisfacerlos!

—¡Pero señora...!

Doña Casta llamó a Lucio con la campanilla que siempre usaba para convocarlo. En ese momento la tenía debajo del respaldo derecho de la silla de ruedas, clavado a presión gracias a dos ganchillos de metal cromado.

Lucio apareció enseguida, con la mirada clavada en el entarimado pulido. Había estado escuchando, ¡desgracia de desgracias!, aquella audiencia; pero en su mente no había tristeza, sino había culpa, y mucha, pues pensaba que todo el problema había nacido con él.

—«Nene» —ordenó doña Casta—, levanta la mano derecha.

Tras unos segundos de duda y de suerte (¿cuál era?), Lucio levantó la mano derecha.

—¿Ve lo que le digo? —dijo la anciana, dirigiéndose al tutor—, si «mi nene» sabe distinguir su mano derecha de su pierna, es que sí puede. —¡Pero señora...! —dijo nuevamente el tutor, con tono ofendido—, levantar la mano derecha no es igual que resolver una suma o una operación algebraica. No es igual a leer un texto de universidad, ni a escribir un ensayo, ni a...

—¡Oh, dios mío! —interrumpió doña Casta, levantó las manos, dejó caer la campanilla y miró al cielo—, divino señor, ¿qué hice yo para conseguir a un cholo como Ayo de mi nieto? — bajó la mano izquierda, la dirigió al tutor y, mirándolo con fiereza, dibujó tres cruces en el aire, una tras otra, como maldiciéndole, para terminar su ataque señalándolo con el índice tembloroso—; ¡quiero que se vaya de mi casa para siempre! —doña Casta volvió a sentarse, pues mientras decía esto, se había levantado un poco de la silla de ruedas y su temblorosa mano derecha apenas si había sostenido el peso de su cuerpo.

Tras unos segundos de silencio, doña Casta añadió:

—Lo que queda de este mes de pago, se lo enviaré con mi servidumbre.

El tutor quiso replicar, pero era un alma noble aunque furibunda frente a la injusticia y, dirigiendo su mirada a Lucio, movió afirmativamente la cabeza.

—Bueno —dijo—, adiós —y a Lucio—: espero que seas feliz, amigo.

—Mi nieto no necesita de la bendición de un cholo —espetó doña Casta.

Así, el primer tutor, que por cierto, no era cholo en ningún sentido (se apellidaba Lorenz y era residente extranjero desde finales del siglo pasado, siendo, al mismo tiempo, tataranieto de un prestigioso científico austriaco, premio Nobel de Medicina, y del cual no debo extenderme más de lo necesario), abandonó la casa, y luego de unos días pasó lo mismo con el segundo tutor, quien también, se puede decir (apellidaba Grass y era nieto de un ilustrísimo alemán, igualmente premio Nobel, pero esta vez de Literatura), sufrió de las mismas acusaciones.

Si hay dos momentos tristes en esta historia, este es el primero, el del despido de los dos tutores, ya que Lucio había creado fuertes lazos de amistad con ambos.

Lo cierto es que, una semana después de este acontecimiento, cuando ya no había tutores para llenar el tiempo libre de Lucio, doña Casta lo llamó con la campanilla y le dijo, muy segura de sí misma:

—No te preocupes «nene», que ya se me ocurrió qué hacer contigo. Verás ¡y Dios y la Virgen del Socavón son mis testigos!, que llegarás a ser tan grande como nadie. ¡Sí, serás el más grande Íñiguez de la historia! —Y su mano se despegó del pecho y se clavó en el teléfono.

¿Qué pensamientos rondaban por la canosa y pequeña cabeza de doña Casta en aquel momento?; solo Dios, o el Diablo (o la Virgen del Socavón, próxima a este último) podrían haberlo sabido; lo que sí sé, y lo que de hecho verificará el lector si sigue esta historia, son los resultados, por cierto, más grandes que la promesa de la anciana. 

Para entonces, por si el lector tiene alguna duda, Lucio contaba apenas con catorce años, y su destino ya estaba dando una tremenda vuelta de tuerca.


[1] Nota encontrada al pie de página del escrito original: «Quien tiene el honor de narrarles esto podrá tratarle solo de doña Casta y utilizar, en caso de repetición, algunos sustantivos, para no extenderme más de lo necesario: primero, por decencia y, segundo, por la sencillez y humildad que me caracterizan, pues acá, mi único objetivo es contarlo todo, sin muestras de exageración o de petulancia al tratar de demostrar mi poder como narrador omnisciente».

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